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¿Tendemos a ser severos con nosotros mismos?

¿Tendemos a ser severos con nosotros mismos?

¿Tendemos a ser severos con nosotros mismos?

Me estoy acordando de un caso que tuve la oportunidad de observar hace un tiempo, durante una formación entre departamentos en la oficina. El departamento comercial estaba ayudando al de diseño cuando me di cuenta de que Marte estaba totalmente ausente. Me quedé mirándola el resto de la formación y pude notar cómo la inseguridad y el desánimo iban haciendo presa de ella según avanzaba la dinámica.

Hay veces en las que nos damos cuenta de que nos hemos ido totalmente. Durante un periodo de tiempo nos hemos alejado del momento presente y hemos dejado divagar nuestra mente con pensamientos repetitivos acerca del futuro, o recordando situaciones angustiosas una y otra vez. Cuando volvemos a la realidad, nos damos cuenta de que hemos perdido la percepción del instante que estábamos viviendo. Entonces tendemos a ser muy severos con nosotros mismos.

A veces parece que no podamos tener el control sobre nuestras emociones. Como si fueran ellas la que mandan, que nos llevan a donde quieren. El diálogo interno que se establece en momentos como ese suele ser tan crítico como poco amable, lo que nos lleva a sentir emociones negativas como la depresión o el desánimo.


Ser consciente de que somos severos con nosotros mismos es el primer paso para poder cambiarlo.


Es posible entender, aceptar y cambiar las emociones negativas. Para ello debemos aprender a comunicarnos con ellas y conseguir mantenerlas a raya. Para desarrollar un mayor bienestar, es necesario aceptar los cambios de forma que nos sintamos cómodos con los enfoques nuevos del día día.

Cuando nuestra voz interior empieza a ser severa con nosotros mismos debemos hacer un esfuerzo por relajarnos. Sacar esa bondad que todos tenemos dentro. Se puede cambiar esa voz para que sea mucho más amable y compasiva, ya que la autocrítica y la culpa son obstáculos para estar atento al momento presente.

La toma de decisiones y la libertad de elección proporciona felicidad. Sin embargo, si reflexionamos sobre cómo vivimos actualmente, nos daremos cuenta de que durante el proceso, las sensaciones no son precisamente agradables. Surge la duda, la indecisión y el deseo de dejar las cosas para más adelante; después viene la comunicación severa con nosotros mismos y la culpa por no haber cumplido con las expectativas generadas, la insatisfacción y la voz interna que nos atormenta.

Incluso puede pasar que nos agobiemos pensando lo que pensarán los demás y no seamos capaces de tomar decisiones por ello. Si no abordamos estas situaciones, nos seguirán agobiando y nos impedirán disfrutar de la vida.

Debemos prestar atención a nuestras emociones para poder reducir la ansiedad y minimizar el proceso de rumiación. Cualquier decisión supone una renuncia, pero también una ganancia.


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